Las otras asignaturas, salvo Física y Química, están controladas. Si me quedan tres, me quedaré un año más intentando lograr el título, y perderé a todos los amigos que tengo en el curso. Ya no será lo mismo. Ellos irán al Instituto, mientras que yo me quedaré aquí, en este “colegiucho”, con gente más pequeña que yo.
Si al menos no tuviera que estudiar el violín y el clarinete todos los días, durante el año habría estado más descansado, y coger los libros y empollar hubiera sido más llevadero.

Con mi profesora "Josefina Salvador", buena solista, en los años 70.
Al final del verano, tendré que decidir si me quedo con el violín o con el clarinete. Todo no puede ser. Sin embargo... como hacerle entender a mi tío-abuelo que yo no he nacido para el violín. Atrás quedan esas clases con “Josefina Salvador”, una gran solista española en las que tocar resultaba hasta divertido. Ella convertía las clases en un rato ameno y divertido, aunque... nunca aprendiera lo suficiente. Como docente pienso que no era del todo buena, aunque como persona era excelente. No sé que habrá sido de ella. Ya hace algunos años que dejó de darme clases, y la recuerdo con cariño. Era muy mayor ya, más que cualquiera de mis profesores de formación profesional. Pero tenía muchos detalles conmigo, me regalaba libros, golosinas... Sin embargo, a la hora de dar clase, conmigo era una nulidad, porque solo le preocupaba que yo no me aburriera, pero no que aprendiera realmente el violín.
Hace unos años, cuando aún podía aspirar a ser un buen violinista, hicimos un certamen de alumnos del conservatorio, fue muy emocionante porque la gente me felicitaba y no comprendían de donde había salido ese violinista tan pequeñín. Josefina Salvador me regaló un libro, una versión de “Las mil y una noches”, y como el verano ya se estaba acercando, me prometió enviarme una postal desde su lugar de vacaciones, cosa que hizo. Aún la guardo y esta es la reproducción:
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